1 de enero de 2015

Dedicado con mucho amor y respeto a
Migdely y Salvador, en memoria de Gini.

Hoy, primero de enero de 2114, cuando cumplo 40 años recuerdo, no con agrado, la primera y única vez que vi llorar a mi abuelo Salvador. Verlo llorar hace unas cuantas décadas, cuando cumplió sus 70 años y yo apenas tenía 10 añitos, me impactó tanto que estoy totalmente convencida que ese gesto, tan humano y sensible, marcó el resto de mis días. No sé por qué lo recuerdo hoy, tal vez por una noticia que leí acerca del centenario de lo que llamaron los historiadores “el retroceso venezolano”, la decadencia de las instituciones del Estado revolucionario de aquellos años y el inicio del abandono masivo de este país. Deseo contar lo que sucedió ese día con mi abuelo, una historia que le pesaba, seguramente, una tonelada de años, desde que tan solo era un bebé.

Mi abuelo Salvador era hijo de Gini y Migdely, quienes con apellidos de artistas cinéticos y patriotas libertarios, decidieron formar un familia distinta para aquellos tiempos retrógrados, cuando no se reconocían en el mundo todos los tipos de familia. Nuestras sociedades de hoy día, afortunadamente, han cambiado y evolucionado su visión del amor y las familias, aunque sólo quedan como vestigios de un pasado inhumano y bochornoso los casos de New Americania, el país-industria africano creado en 2055 luego de las “Guerras del Coltán”, y Venezuela, que jamás aprobó la igualdad de derechos para toda su población. Son actualmente los dos únicos países donde está prohibido el amor igualitario.

Mi abuelo me decía que siempre fue feliz, que su vida estuvo llena de satisfacciones y mucha alegría, y no lo dudo, porque él sí que sabía aprovechar las oportunidades y de lo malo, por lo menos, siempre hacía un chiste. Sus únicos pesares fueron el de perder a su madre cuando solo tenía meses de nacido, y aunque está orgulloso de ser argentino, y entendiendo que pudo haber tenido cualquier otra nacionalidad, también lamentaba el no poder pisar jamás la Venezuela de sus madres. Siempre decía con su acento porteño y algo universal, que su corazón tenía forma de arepa y latía como entonando el “cambur pintón” de un cuatro llanero. Nunca vio las playas del Caribe Venezolano, nunca subió al pico Bolívar ni al Roraima, ni se bañó en el Orinoco ni contempló Canaima ni el Kerepakupai Vená, pero nos contaba historias mágicas de esos lugares a mi padre y a mí,  como si hubiese estado allí, con lujo de detalles que mi bisabuela Migdy, ya muy viejita, alguna vez completaba nostálgica con su aliento centenario y mirada sabia. Ella también fue muy feliz toda su vida, aunque compartiera con mi abuelo ese instante trágico y nunca compensado, como a mi bisabuela Gini, la luchadora y arrecha, le hubiese gustado.

Ese día, entre lágrimas repetía que si tan solo le hubiesen permitido ser venezolano con todas las de la ley, tal vez todo lo que pasó después, tanto en su vida personal como en ese país, se hubiese evitado. También decía contradictoriamente que el “hubiese”,  el pretérito del verbo haber, no existe, sin embargo reiteraba que las cosas sin duda hubiesen sido distintas.

Mi abuelo, que se creía realmente un salvador, tenía claro que de haberse permitido su reconocimiento como hijo biológico de sus dos madres, no hubiese comenzado desde el 2015 el éxodo masivo de venezolanos y venezolanas al rededor del mundo, el cual estimaban en ese momento eran solo entre 4 mil o 6 mil familias homoparentales, pero que sinceramente eran muchas más. Aunque muchos ponían como excusas para salir del país la crisis económica de esos años, la violencia ciudadana y los desacuerdos con las políticas del Estado Bolivariano ya en decadencia, otra era la realidad. En el fondo, la verdadera razón para que hayan emigrado más de un terció de la población joven durante 20 años seguidos, fue en apoyo a muchos amigos, amigas, primos, primas, hermanos, hermanas, padres, madres, a quienes no se les permitió ser felices en su propia tierra y de manera igualitaria, por lo que todo este potencial humano se vio obligado a marcharse de su terruño para encontrarse a sí mismos, en otras latitudes que miraban de manera más abierta y evolucionada hacia lo que es hoy el mundo. Yo a mis 40 primaveras, poco ingenua, sé muy bien que el mundo no es perfecto, pero por lo menos doy la certeza que mi bisabuela y mi abuelo, aunque no por voluntad propia, como exiliados, fueron muy felices en su nueva Patria del sur, pues simplemente fueron ellos acompañados por su historia, pero decidiendo y amando la vida con sus corazones y no quedando a la arbitrariedad, aniquiladora de almas, de los curules oscuros.

De Venezuela, me contó mi abuelo, que las buenas ideas e intenciones de quienes creían en la igualdad y en una verdadera revolución en todos los sentidos sociales y humanos, quedaron en el olvido cuando mediante un artilugio político electoral, moralista, heteronormativo, machista y con altos grados de religiosidad fundamentalista, se impusieron constitucionalmente, acabando con los sueños de vida de millones de personas. Hoy los historiadores y politólogos señalan que muchas causas fueron las que llevaron a la debacle nacional y el atardecer revolucionario de Venezuela, pero coinciden que un elemento determinante fue la no garantía de los derechos del amor para toda su población, conllevando a lo que se conmemora hoy, cien años después, como el comienzo de la extinción  de la última gran revolución mundial del siglo XXI, además de la muerte definitiva de los sueños de Bolívar y de Chávez, que arrastró consigo vidas y revoluciones más pequeñas, más cotidianas, pero infinitamente grandes, de millones de personas en este país que no merecía este final.

Hoy con mis 40 años he recordado esta historia de mi bisabuela Migdy, las lágrimas de mi abuelo Salvador, a mi padre fruto del destino incierto… Una historia de la cual me quedan muchos espacios vacíos, incógnitas, datos que no comprendo y que hasta rechazo. Tengo muy claro que cuando mi hija Gini cumpla 10 años sabrá la historia del  por qué somos de la Argentina, aunque con un corazón venezolano exiliado generacionalmente, solo porque hace 100 años no se entendió en Venezuela lo que era el amor. Parte de esta historia tristemente ya está contada, no obstante espero con todo mi ser que no tenga este mismo final, sino otro, aunque signifique que yo misma jamás exista.

Por: Miguel Gámez

Colectivo Diversidad UBV Bolívar
Publicado por Venezuela Igualitaria El 1 de enero de 2015 Sin comentarios

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